Un viaje que nunca olvidaré. Tapones y jazz a todo volumen

Me despierto en una habitación que huele a alcohol. Tres tíos en calzoncillos duermen en sus literas. Sigilosamente me despierto, me ducho y me visto. Bajo a desayunar. Café soluble y bollitos de leche, de esos que voy cargando de un lado a otro. Me ahorra mucho dinero.

El hostal tiene una cocina compartida. Hay muchos chinos que se hacen su desayuno. Mucho más sofisticado que lo mío. Aprovecho el rato y tomo notas de mi día anterior. Menos cansado y algo más inspirado, consigo recordar algunos detalles más.

El día no podía estar mejor. Después de tres días de viaje que parecen una vida entera, salgo por primera vez a pasear. Sin mochila. Me siento libre.

En el camino me cruzo con una catedral increíble. Disfruto el momento. Salgo y entro, me hago fotos, observo a la gente. Caras grises, turistas cansados, empachados de tantas piedras. Se nota ese aburrimiento, las prisas, el querer verlo todo.

Vuelvo al hostal a tiempo para dejar mi habitación. Hoy quiero llegar Frankfurt. Cometo un error de novato y salgo del hostal caminando. Me olvido de calcular la distancia hasta las afueras de la ciudad. Lo pago caro. Son más de cinco kilómetros. Paro varias veces. Como por el camino. Camino. La mochila pesa casi tanto como un lunes gris de oficina. El sol quema mis ideas.

Descansado de la larga caminata

Dos horas que se me hacen eternas. Me detengo en una rotonda con entrada a la autopista. Me coloco en diferentes puntos. Ninguno me gusta. Siempre que empiezo un nuevo día, me cuesta. A veces me siento idiota. Qué pensará de mí todos aquellos que me ven desde los coches. Recupero energías cuando recuerdo que ya había llegado hasta allí. Intento parecer convencido. Algunos me insultan, la mayoría me ignora.

Bajo el sol cambio de sitio varias veces. Rotonda arriba y abajo. Paso una hora dando vueltas sobre mí mismo. No sé ni dónde ponerme.

Una mujer se detiene. Me invita a subir. Allí nadie me va a coger, me dice. Me cambiará de sitio. Salto dentro al grito de: ¡Sácame de aquí, por favor!

Conduce un mercedes de esos que parecen un tiburón. Antiguo. Conduce con una mano en el volante. La otra, en una palanca gigante. Pensé que quizá sería el cambio de marchas aunque el coche parecía automático.

Me explica que la palanca es para ayudarla a conducir. La empuja mientras acelera el coche. Tira de ella para frenar. No tiene fuerza en las piernas y necesita las manos para poder conducir. Hace más de treinta años le diagnosticaron esclerosis múltiple.

Es un ejemplo. Sonríe. Se ríe. Es encantadora. Feliz. Positiva. Me habla de sus proyectos. Vive en la naturaleza, lejos de cualquier ciudad. Dice que me encantaría. Me invita a quedarme en su casa. Como siempre, tengo que rechazarlo. Había reservado un hostal en Frankfurt esa misma mañana. No quería retrasarme.

Se desvía de su ruta habitual para dejarme en el mejor camino para continuar mi viaje. Me deja en un cruce de carreteras un poco peligro y bastante transitado. Al despedirnos me desea suerte. Ya la había tenido al encontrarme con ella, le contesto. Sonríe.

Observo que tiene una silla de ruedas en la parte de atrás. Cruzo la carretera para ponerme en la dirección correcta. Cuántas veces había estado amargado en mi vida por tonterías. Sin embargo, y a pesar de todo, ella era feliz. Me quedo un rato pensativo.

Pasa más de media hora y soy la atracción de todos los que pasan por allí. El lugar en el que me encuentro es incómodo, extraño, en medio de varios cruces de diferentes destinos. Hay poca visibilidad y siento que mis posibilidades allí son pocas. No puedo hacer nada. No hay a donde ir. Tengo que quedarme allí hasta que alguien pare.

En medio de la nada. Intentando mantenerme positivo.

A los cuarenta minutos me recoge un profesor de alemán que trabaja con refugiados. Me deja en una rotonda cerca de la población de Gierended. Estoy positivo, enérgico. El sitio está medio abandonado. Parece una población pequeña y no hay demasiado tráfico.

Un rato más tarde para un chico que no me da buena sensación. Conduce una camioneta. Lo dejo pasar. Me hago el loco un rato hasta que se va.

Un viaje que nunca olvidaré

Al rato, un hombre de 45 años que conduce un Golf antiguo me recoge. Lleva las ventanas abiertas, por el calor. Jazz a todo volumen y tapones para los oídos, por el viento. Me ofrece unos.

Ojos como platos. Cara de susto. Conduce a más de 160km/h. Me pongo el cinturón. Listo para despegar. Él, tan tranquilo, me cuenta su vida a gritos, con la música a todo volumen, las ventanas abiertas y tapones en los oídos. Un auténtico espectáculo.

Adelanta pegándose a los coches. Gritando. Riéndose con todas las fuerzas del universo. Me invade el miedo y la emoción. Tiene su lado divertido. También se me ponen los huevos de corbata.

Se dirige a una localidad cerca de Frankfurt. Paramos en una gasolinera cerca de allí.

Vivos.

Cuando apaga el coche. Se queda serio. Me mira. Se quita los tapones, y me dice: “Estamos vivos. Tengo tres hijos”. Rompe a reír, como diciendo, sé que estabas acojonado, pero yo tampoco quiero morir.

Decide dejarme en el centro de Frankfurt, cerca de mi hostal. Charlamos mientras mezcla momentos serios y de alegría. A la vez, golpea el volante para hacer sonar el claxon mientras grita improperios en alemán. Hay tráfico. Me despido de él con un buen apretón de manos. Menuda aventura.

El ambiente es festivo. Las calles están cerradas para celebrar una fiesta, sólo pasa una vez al año, hay cerveza y salchichas. Llego a mi hostal caminando entre la gente. Por suerte, había reservado una cama. Todo está lleno.

En el hostal hago amistad con un grupo de gente. Salimos a comer y beber. Coincido con un argentino que me cuenta historias increíbles. Es Modelo y trabaja para el ejército alemán. Me cuenta historias de avionetas, drogas y cocaína. Decido irme a la cama.