Me despidieron y me fui hasta Estambul haciendo autostop

Un lunes lluvioso de Junio me reunieron sin avisar. Mañana no vuelvas, me dijeron. Me quedé de piedra. Sin saber qué decir.

Acababa de mudarme a Londres. Ilusionado. Había movido mi vida de ciudad, de país. Por ellos.

Sin pensarlo dos veces. Con sangre fría y mirándome a los ojos me pidieron que no volviera. Recuerdo las caras que me miraban. Esperaban alguna reacción. Enfado. Lloro. Risa. Algo.

No dije nada.

Me acompañaron hasta la entrada. Me quitaron el pase de seguridad. Como un criminal. Sacaron la basura. A mí.

Me dijeron no estaba preparado para estar allí. Habían cancelado todos los proyectos. Me habían tenido abandonado en una esquina. Y de repente, todo era culpa mía.

Lo único que podía pensar en aquel momento era en cómo iba a pagar el alquiler. Me daba completamente igual que me echaran a la calle. Odiaba estar allí. Como cualquier otro trabajo. Un asco.

Cuando me mudé me sentí orgulloso de mi mismo. Llegaba a la gran ciudad. Empresa americana. Buen salario. Piso en Notting Hill. Un sueño.

Y en dos minutos pasaba de ser un triunfador a un completo subnormal. Ni salario, ni sueño. Sólo facturas que pagar y cara de gilipollas. La que se me quedó.

Normalmente encuentro trabajo fácilmente. A los programadores, incluso a los mediocres como yo, se nos rifan. Esta vez no fue así.

Cada vez era más difícil disimular lo inútil que era. Lo poco que me gustaba este rollo de los ordenadores. Y además, no tenía ni idea de cómo explicarle a un extraterrestre qué es la música. Requisito indispensable para cualquier puesto de trabajo.

No estoy hecho para tanta gilipollez.

Me pasé los meses siguientes tumbado en la cama. Haciendo entrevistas por teléfono. Pruebas. No me quisieron ni en el Starbucks. No era el perfil.

Cada vez que explicaba que me habían echado de mi anterior trabajo, saltaban las alarmas. Peligro de rebelde. No contratar.

Qué buscas en tu siguiente trabajo. Qué te apasiona de ser programador. Por qué quieres trabajar aquí. Qué te ha motivado a presentarte a este puesto.

Calentar la silla y que te paguen. Como todos.

No hay nada más asqueroso que estar metido todo el día en una oficina. No digo que sea el trabajo más duro. Aunque seguro que más de uno se habrá muerto del asco. Literalmente. Espero que no me pase a mí.

Frustración, depresión, aburrimiento, vacío. El mundo ardiendo ahí fuera y tu jefe pidiéndote que cubras un excel.

Cómo puede uno disimular la cara de odio.

Ahora ya entenderéis porqué me han echado. Más que merecido. Seguro.

No he nacido para seguir instrucciones. No he nacido para rellenar excels ni para seguir procesos. Tampoco soy el tío más majo del mundo. Y no tengo ni idea de cómo compartir mis ideas sin que todo el mundo me odie.

Cada año que pasa voy a peor. No tengo remedio.

Estaba perdido.

Sin trabajo. Sin esperanzas. No sabía qué hacer. Me quedaban cuatro duros en el banco. Lo justo para pasar un mes más.

Decidí seguir mi corazón. Me fui de viaje.

La idea más absurda que he tenido en toda mi vida. Y he tenido muchas. Me pasaba las horas soñando con el viaje que algún día haría.

Leía en la terraza de mi piso en Portobello Road, que no podía pagar, el primer libro del viajero español Jorge Sánchez. Me moría de envidia.

Sentía que yo también podría hacer algo así. Recorrer el mundo. Llenar mi vida de aventuras.

Se lo comenté a mi novia. Le dije: ¿Crees que sería capaz de llegar hasta Grecia haciendo autostop? Me dijo que sí, rotundamente. Probablemente ella confiaba más en mí que yo mismo.

Me sentí vivo en el mismo momento que sentí que podría hacerse realidad.

Intente encontrar alguna excusa. No tuve ninguna. Estaba acojonado. No pasaron ni dos días. Me lancé al camino para encontrarme a mí mismo. Para sentirme vivo. Aprender. Sentirme útil.

Me rechazaron tantas veces que me sentía moralmente derrotado. Un completo inútil. Lo único que siempre he soñado es viajar. Pero siempre encuentro cualquier excusa para no hacerlo.

Estaba vez no encontré ninguna. No tener trabajo. No tener dinero. Estar practicamente arruinado. Nada me salvó.

Recuerdo los nervios. Crucé la puerta, todo se me olvidó, y empezó la magia.

Cruzar la puerta

Los preparativos habían sido pocos, prácticamente ninguno. Había comprado un mapa de Europa y un saco de dormir que me llegó el día anterior. Organicé mi mochila, cuatro prendas de ropa y mucha ilusión.

¿Sería capaz por mi mismo llegar hasta Grecia haciendo autostop desde Londres? Me sentía capaz cuando sólo eran sueños, pero cuando se convirtió en una posibilidad real, ahí sentí una mezcla de miedo y emoción. Sólo habría una forma de comprobarlo. Hacerlo.

Salí de casa alrededor de las nueve de la mañana. Hacía un día magnífico, caluroso, soleado. Estaba nervioso, también emocionado. Me dirigí al metro, quería llegar a la estación de Charing Cross para coger un tren que me dejase a las afueras de la ciudad.

Me pregunto por el camino quién será la primera persona que me lleve y qué pondré en mi primer cartel. ¿Sería capaz de conseguir mi primer reto?¿Podría cruzar el canal sólo haciendo autostop?

En Charing Cross busqué el tren que me llevaría a una gasolinera que se encontraba en el camino a la M20, carretera que lleva a Dover, donde están los ferries para cruzar el canal. Tengo que parar mi primer coche para llegar a la última estación de servicio antes de cruzarlo. Allí sería el sitio perfecto para encontrar a alguien que vaya en dirección al continente.

Llego a una gasolinera en las afueras de Londres. Saco mi primer cartel. Pasan un par de coches, y yo mantengo una sonrisa de ingenuidad auténtica, propia de un novato nervioso, confundido e inseguro.

Me duran pocos los nervios, el tercer vehículo que pasa por delante de mí, se detiene. Observa el cartel y dice que sí con la cabeza, me invita a subir. Emocionado, salto dentro. Era una camioneta de reparto, en ella estaba Rob, inglés , 52 años, parece mucho más joven. Tiene un marcado acento inglés, dos hijos y está casado.

En el camino hablamos del matrimonio, del trabajo, le cuento los motivos de mi viaje. Nos resumimos nuestras vidas en veinte minutos. Se desvía de su ruta habitual para dejarme dentro de la estación de servicio. Al bajar, se mete la mano en el bolsillo y me da cinco libras diciendo – tómate un café -. ¡No me lo podía creer! Agarro el billete con vergüenza y agradecimiento, bajo del coche. Mi aventura no podía empezar mejor, me cuesta creérmelo.

Entro en la estación de servicio, hay de todo, parece un centro comercial. Saco de mi mochila unos bollitos y unos batidos para recargar energía. Me esperaba mi siguiente reto, llegar a Brujas, allí quería pasar mi primera noche. Sabía que era una ciudad mágica y quería verla por mi mismo.

La suerte sigue de mi lado. Me coloco en la salida de coches y camiones. No pasan ni cinco minutos y un hombre Indio me ofrece ir con él. Va a Amsterdam. Perfecto, está en dirección a mi destino. Tiene dudas de si tendré que pagar, pero pasamos los controles sin problemas. No habla mucho inglés, tiene dos hijos pequeños y se mudan todos a Reino Unido. Él volverá en tres meses, cuando termine su trabajo en Amsterdam y empiece uno nuevo aquí. Me ofrece una cocacola, es callado, pero de buen corazón.

Subimos con el coche al barco. Hay de todo, cafeterías, restaurantes y unas maravillosas vistas. El viaje en el ferry dura un buen rato. Me paseo de un lado a otro y como algo de las cosas que había traído conmigo del supermercado. Estoy emocionado, hago fotos del mar, de las vistas. El hombre duerme en los asientos del barco mientras yo doy vueltas sin sentido. Salgo a la cubierta, vuelvo a entrar, hablo con la gente. Estoy tan feliz que necesito compartir mi alegría con todo el mundo.

Me despidieron y me fui hasta Estambul haciendo autostop 1

Salimos del barco encantados, camino a Bélgica. Nos reciben sus vacas, prados y verdes. El señor decide parar a echar gasolina, y mientras lo hace me mira fijamente. No aparta la mirada de mí. Cada movimiento que hace expresa que debería de pagar. A veces me hace dudar, y creo que en el fondo me ha cogido para ver si puede ahorrarse parte de su viaje. Lo entiendo perfectamente, pero sonrio inocente, como si no entendiera nada. Probablemente él tenga razón, y colaborar sería lo más razonable. Aunque también me pregunto si puede ir en contra de la idea de autostop. No me puedo permitir pagar la gasolina. A partir de ahí se vuelve más callado y apenas habla.

Me lleva hasta una gasolinera no muy lejos de Brujas. Desde allí tengo que arreglármelas y hacer autostop dos veces más. Un chico joven en un audi de gama alta me lleva hasta la entrada de Brujas, a 5km de la ciudad. Paro a otro coche, un manitas que va en furgoneta que se preocupa de dejarme en la mejor localización posible.

Es una ciudad pequeña, llego a las seis de la tarde y busco un hostal donde quedarme. Pago por una habitación compartida en el hostal Lybeer con tres personas más. Intento regatear un poco y acabo pagando casi veinticinco euros. Me parece mucho dinero, pero no tengo energía suficiente para recorrerme la ciudad con la mochila a cuestas buscando otros precios para ahorrarme algo de dinero. Acepto con resignación.

El chico de la recepción me hace sentir en casa. El hostal es acogedor, le cuento que he llegado haciendo autostop, me pregunta si me ha funcionado bien. Le digo que sí, me dice que a mucha gente no le funciona bien, se alegra por mí. Me cuenta algunas historias. Me hace preguntarme si debería de dejar de comentar con los demás que viajo haciendo autostop, muchas veces la único que comparten contigo son historias de terror y miedo que han oído por ahí. Hasta ahora mi experiencia había sido muy positiva, alejada de los relatos que a la gente le gustaba compartir. Comparto con él los motivos de mi viaje y me ofrece trabajo como guía, por mi nivel de inglés y español. Lo rechazo agradecido, le explico que tengo que volver a Londres con nueva energía e ilusión.

La ciudad es paz, apenas hay coches, la gente habla bajito. Comparado con Londres es pura tranquilidad. Plazas preciosas, calles empedradas, me recuerda a Santiago de Compostela o al trastevere Romano. Una maravilla. Me como las mejores patatas fritas que recuerdo y una brocheta en la plaza central, quizá sea el hambre, pero me sabe a gloria.

En el hostal hago amistad con un grupo de latinoamericanos. Ellos me recuerdan que soy el único europeo. Me sorprendo, nunca me lo había planteado así. Para mí, estoy más cerca de ellos que de ser europeo. Por cultura, por idioma. Nos enorgullece ser hispanos. Tomamos cervezas y acabamos bailando en el pub de la esquina. Brujas es pequeño, todo está en la esquina.

En el pub coincido con un grupo de españoles que termina coreando mi nombre entre abrazos y risas. Admiran mi hazaña, no se pueden creer que haya llegado hasta allí haciendo autostop. Soy el Gallego que les falta en el grupo. Paso un buen rato entre españoles, latinos y algunos extranjeros. Bebo más cervezas de las que puedo recordar, pero no pago ninguna. Es demasiado caro. Tengo la fortuna de pasar rodeado la primera noche entre hermanos. Me lo tomo como un premio al valor que he tenido al cruzar la puerta de casa, la recompensa. Disfruto como un enano. No soy muy fan de este tipo de garitos. Aunque esa noche, todo me parece perfecto.