Llegó la noche y sin tener a donde ir, gritos en la escalera de un hotel de mala muerte

Nubes de metal que llevan corazones por caminos. Se cruzan con mi voz, mi mirada y mi sonrisa. Algunas se pierden en la intención. Otras, mueren en el silencio de la indiferencia. Aquellas que se quedan, son sonrisas de cemento en movimiento. La mano que te aprieta al volar. Los ojos que te miran y te admiran. Ellos son mis ángeles del camino, los verdaderos protagonistas.

Contemplo el paisaje frente a mí. Siento la dulce victoria de a quién las cosas le van bien. Disfruto de mi suerte varios minutos. Mi sonrisa me delata.

Viaja con su hijo. Y le debo toda mi suerte al él. Le preguntó a su madre quién era y qué hacía allí parado. Entonces, ella decidió dar marcha atrás para darle una experiencia nueva.

Es de Hungría pero vive en Salzburgo. Nos encontramos grandes caravanas en sentido contrario. Intentan llegar a Alemania, horas de colas, la mayoría refugiados que buscan un futuro allí.

Por el camino hace de guía turística. Me habla de su ciudad, me cuenta cosas como que es necesaria una licencia especial para aterrizar en el aeropuerto o que es la sede de empresa importantes como Red Bull.

Salzburgo se encuentra dividida en dos, una montaña separa las dos partes, un túnel, las cruza, aunque en el pasado; Quisieron derribarla.

Me dejan en la entrada al casco antiguo, un arco magnífico me recibe. La ciudad pierde algo de su magia alrededor de la estación de tren. Vagabundos, drogadictos y otra gente de difícil vida se reúnen en sus inmediaciones. Intento encontrar mi hostal, no muy lejos de allí. Doy vueltas, me paso casi una hora para encontrarlo, al final, lo consigo. Aunque pago una fortuna por una cama en una habitación compartida.

Salgo a por mi recompensa, pero no consigo disfrutar mucho el momento. Me como un Kebab y pronto me voy a dormir, cansado y con ganas de continuar mi viaje al día siguiente.

Esa noche duermo regular. Todos mis compañeros de habitación son orientales. Silenciosos pero desordenados.

Investigo la forma de salir de la ciudad. No encuentro demasiada información. Google Maps parece no saber nada sobre los autobuses allí. Me gustaría llegar a Bled, en Eslovenia, pero quién sabe si lo conseguiré. Desayuno en el lobby del hotel mientras investigo. Finalmente, decido salir a aventurame.

En la parada de autobús una pareja decide echarme una mano. Me ven claramente desorientado. Acabo cogiendo el autobús número cinco que me deja en las afueras. Allí, me paso un par de horas sin ninguna suerte.

Me paro un rato a comer algo, intentando mantenerme positivo. Finalmente, decido caminar. Encuentro la entrada a la autopista y decido probar suerte allí. Un chico joven, instructor de Kayaking, me recoge. Y me lleva hasta la última gasolinera que hay en la carretera que va al sur, que además de tener mucho tránsito, es un lugar precioso.

Por primera vez en mi viaje, me encuentro con otro autostopista. Charlamos un rato, compartimos aventuras. Cojo su mochila por un momento y me quedo fascinado por el peso. Yo que siempre había pensado que llevaba demasiadas cosas. Quizá no era para tanto.

Me paso un rato allí. Finalmente me recoge un chico joven que viene de una conferencia de psicología. Atravesamos paisajes increíbles, montañas, túneles. Llueve.

Por falta de entendimiento me deja en una gasolinera en dirección contraria a mi destino. Empieza a hacerse de noche y comienzo a preocuparme.

Me encuentro sólo a 40km de Bled. Aunque el día comienza a desaparecer. Intento deshacer camino. Por estar desesperado, me pierdo detalles y acabo por subirme al primer coche que pasa frente a mí. Sus ojos le delatan, está fumado. Quizá su aspecto de porretas podría haberme dado una pista, pero en ese momento, tarde y con ganas de acabar el día, confío en todo el mundo.

Tengo miedo de que se duerma al volante. Además, dice cosas sin sentido, sin parar, una detrás de otra. Consigo que me deje en otro lugar un poco más cercano a la dirección a la que voy. Vuelvo a cagarla, el sitio donde me deja, todavía es peor. No sólo nadie va a Eslovenia, además, casi nadie pasa.

No hay ningún sitio a donde ir. Escucho música y canto como un loco. No sé ni qué hacer.

Mucho más tarde, casi completamente a oscuras, me recoge una chica que me deja en otro sitio igual de malo. No pasa nadie. Nadie.

Empiezo a pensar qué hacer, es casi de noche. El mapa indica que hay una población cercana con algún hotel. El sol está apunto de ponerse, decido abortar. Llego al pueblo después de un buen rato caminando y pregunto en varios sitios si puedo pasar la noche allí.

Consigo alojarme en un hotel de mala muerte. Me atiende un hombre egipcio, pero el precio lo marca una mujer china. Hay gritos en la escalera, manteles, ropa tendida y niños corriendo.

Acabo pagando cuarenta euros por una habitación con dos camas enormes. Cansado y derrotado, caigo hasta la mañana siguiente.

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