De Frankfurt a Salzburgo en Autostop. Se rieron de mí cuando aquella rubia pasó de largo.

Los ruidos de la calle apenas me dejan dormir. El calor es insoportable. Me peleo conmigo mismo entre dormir con la ventana cerrada y morirme de calor, o la ventana abierta y sufrir el ruido. Paso una noche regular.

Intento levantarme temprano. Nunca lo consigo. El cansancio y la pereza de enfrentarse a un nuevo día siempre me ata un par de horas de más a la cama.

Charlo con la gente del hostal mientras desayuno. La mayoría está en Frankfurt por negocios y conferencias.

Salgo a eso de las diez de la mañana. Esta vez con la lección aprendida, busco una estación de metro. Paseo por la ciudad, compro un poco de comida y agua para el camino. Cojo un metro, busco una estación de servicio con tránsito. Pago casi tres euros por un ticket, me duele. Pienso en colarme pero me acojono.

El camino hasta la estación de servicio es increíble. El metro me deja en las afueras y paseo por un prado verde a la sombra de los árboles. El clima es perfecto, la brisa, un regalo.

Un jovenazo caminando a la estación de servicio.

Me siento en uno de esos bancos de madera, típicos de un picnic de carretera, y escribo la dirección de mi próximo destino. Stuttgart.

Esta vez no es un día normal. No habrá hostales, ni hoteles ni desconocidos. Es un día especial. Por primera vez en esta viaje, dormiré en casa de una amiga.

Cuando Laura se enteró de que estaba viajando y pasaría por Alemania, no dudó en insistir que pasara por su pueblo. Nunca pensó que lo haría. No era una de esas invitaciones por compromiso. Todo lo contrario, pero su pueblo era uno de esos lugares a los que nunca va nadie.

A Laura la conocí en Barcelona. Se quedó en nuestra casa a dormir a través de Couchsurfing. Nunca pensé que volvería a verla.

No pasaron más de veinte minutos cuando un chico joven de origen portugués me recogió. Me dejó en una gasolinera a las afueras de Stuttgart, a tan solo 20km al sur del pueblo de Laura.

Pasaron varios coches, pero nadie sabía dónde estaba el pueblo. Pronto tengo suerte. Un chico joven de 22 años, me recoge poco después. Habla español perfecto, su novia es de Madrid, conduce un coche de alta gama y va bien vestido.

Se desvía de su ruta, Me deja a las puertas del pueblo de Laura y se despide de mí diciéndome: “Que dios te bendiga”.

Sólo necesito un sms y Laura aparece de la nada para recogerme. Nos abrazamos. Nos alegramos de vernos. Me presenta a su hermana y a una amiga. Tomamos algo en la plaza central del pueblo. Me cobran cinco euros por tomarme un refresco con menta. Me duele tanto como una hostia de padre.

El pueblo está lleno de refugiados. Las plazas reúnen a gente sin nada que hacer. En un pueblo de no más de doscientos habitantes debe de ser todo un acontecimiento, Me llama mucho la atención. Se habla mucho en las noticias, pero no te das cuenta de lo que supone hasta que lo ves con tus propios ojos.

En un supermercado compramos pasta y cerveza. Esta noche cocinarán para mí. No me dejan pagar. Cenamos en el jardín, los cuatro. La noche el perfecta, velas, el frescor del verano y la mejor compañía. Me siento como en casa. Escucho conversaciones en alemán que aunque me suenan de maravilla, no entiendo absolutamente nada.

Al terminar la cena deciden llevarme a un descampado, hay un banco desde donde ver el horizonte y las estrellas. El olor de la noche es perfecto, mezcla de frescor y el fin del verano que ya está llegando. Disfrutamos del silencio y de las conversaciones que ocurren entre susurros. No podría estar mejor, rodeado de gente que se preocupa por mí.

Al despertarme me encuentro un gran desayuno sobre la mesa. En la radio suena una emisora en español, para que me sienta como en casa. La hermana de Laura se marcha temprano. Hoy es día de mercadillo y ha decidido poner una mesa con algunas cosas suyas para sacar algo de dinero.

Laura y yo nos quedamos un rato en casa. Ella hace algunos trabajos para la universidad, y yo busco alojamiento para mi próximo destino, Salzburgo.

Salimos a ver cómo le van la cosas a su hermana. En el mercadillo, se junta personas que se dedican profesionalmente con otros que quieren deshacerse de algunas cosillas ese día. Por algunos euros, cualquiera puede poner un puestecillo allí. El mercadillo no tiene nada de glamuroso. Me recuerda a los que va mi madre a comprarme los calcetines.

Bragas, calcetines y calzoncillos. 

Eviie consigue sacar unos treinta euros en lo que lleva de mañana. Me pregunto si debería vender mi cámara de fotos. La había traído para nada. No la había sacado ni una vez y lo único que hacía era preocuparte por si me la robarán en algún hostal. Una molestia.

Me despido de Eviie muy agradecido. Es hora de continuar con mi viaje.

Laura y yo salimos a buscar un lugar en el que pueda continuar mi aventura. Probamos en un par de sitios, el primero, no resulta demasiado bueno. Ella se divierte intentando ayudarme. Suele despertar curiosidad ver cómo lo hago, si llevo un gran cartel o si me pongo a bailar en el arcén. La verdad, soy el autostopista más cutre que haya recorrido Europa en toda su historia. Llevo un boli bic negro de Hello Kitty y folios en blanco. Eso es todo.

Finalmente decidimos que lo mejor es que me lleve a una estación de servicio en la dirección a la que me dirijo. Hay mucho tráfico y es probablemente una de esas cosas que a nadie le apetece hacer. Sin embargo, tengo mucha suerte y felizmente me lleva a donde necesite.

Le doy un gran abrazo y me despido de ella muy agradecido. Me encuentro en un área de servicio muy transitada. El sol brilla con fuerza y hace mucho calor.

Paro un rato a comerme los bocadillos que me prepararon para el camino. Confiado y con el estómago lleno, estoy listo para continuar mi viaje.

Imagen clara de la definición de aventurero

Pasan pocos segundos y un hombre alemán que me recuerda a Bill Gates se ofrece a llevarme en un magnifico mercedes, lujoso y con muchos asientos. Vive en Munich y se dedica a la informática. Me lleva buena parte del camino y se desvía para dejarme en una buena localización. Le doy un gran apretón de manos al despedirme y me bajo sintiéndome, una vez más, con mucha suerte.

Mi amigo Bill me deja en un área de servicio transitada. Un hombre peculiar se detiene a los pocos minutos. Apaga el coche, saca las llaves y me las da. Las rechazo y le digo que da igual, que no voy a subirme.

Poco después, un hombre de unos 50 años, profesor, que volvía de sus vacaciones en Rusia, me recoge. En el camino hablamos de un poco de todo. De la vida, el trabajo, de seguir las reglas y sus consecuencias. Me cuenta que su novia es 25 años más joven que él y entre risas asegura que, así es la vida.

Me recuerda mucho al chico que me recogió hacía un par de días, el de los tapones en los oídos y el jazz a todo volumen. Su risa, sus gestos, su forma de hablar. Nervioso, peculiar, de buen corazón.

Una pareja joven de alemanes me invitan a subir a su caravana en el cruce de caminos en el que estoy esperando. Vienen de fiesta y están de resaca. Me quedo completamente fascinado, el paisaje es increíble. Las montañas, el lago…. Sin duda la zona más bonita que hasta ahora habría cruzado en mi viaje. El sur de Alemania me sorprende inesperadamente.

Me dejan en otra gasolinera desde donde las vistas son espectaculares. Y disfruto un rato del paisaje. La zona está llena de turistas, me miran curiosos.

Allí está, un tipo con un folio en las manos, mochila verde, levantando el dedo. Se llaman unos a otros para que me observen. Con una sonrisa de “pobre ingenuo”, me miran fijamente. En ese momento una chica rubia con su coche, guapa, elegante, pasa por delante de mí. Intento pararla, pero pasa de largo.

La gente rompe a reír. Se cachondean de mí sin piedad. Poco les dura la alegría. Por arte de magia, el coche frena en seco y da marcha atrás. Se para frente a mí y me invita a subir. Miro a quiénes me estaban mirando y antes de subirme, soy yo quien se ríe.

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