Esos días que parecen años. Camino a Alemania en Autostop

Me despierto en una habitación de hostal de cuatro camas. Despistado. Con resaca. Mi cara es un poema, de esos que se quedan a medias, sin final. Me pregunto si habrá sido buena idea la fiesta de anoche. La misma pregunta de siempre después de una noche de excesos.

Rápido se me olvida todo. Tras una ducha y un café, charlo con la gente del hostal. La buena energía del ambiente me hace sentirme feliz. Mientras, me pregunto si mi cara de cansado me dará problemas para hacer autostop.

Salgo del hostal a eso de las doce y recorro la ciudad a pie. Su magia se pierde a plena luz del sol. Desmaquillada, sin tacones ni carmín. Por las noches se viste de gala, por el día, compra pan y chocolates.

Esos días que parecen años. Camino a Alemania en Autostop 1

Brujas sin maquillaje

La gente pasea feliz. Hay una prisa tranquila que contagia el alma. Sonrío. Busco las afueras con dirección a Bruselas y me dispongo a sacar lo mejor de mí con mi cansada cara. Me propongo llegar hasta Alemania, cruzar bélgica y pasar la noche en Colonia.

Me detengo cerca de una gasolinera, a la salida de una pequeña rotonda. Sufro los primeros instantes, vergüenza, incomodidad. Un nuevo día, más cansado, pero los mismos nervios de ayer.

Pronto para una mujer. Bien vestida, con una exquisita elegancia trabajadora. Es su cumpleaños. Se dirige hasta Ghet. Allí pasará el día con su hermana entre masajes y mimos. Tiene dos hijos, de catorce y siete años. Trabaja en una tienda de pasteles como dependienta.

Me cuenta que no habla francés, me sorprendo. Mi ignorancia cree que todo el mundo habla francés en Bélgica, pero descubro que no es verdad. Su idioma es el Flamenco, prácticamente Holandés. Me explica. Aunque estudió francés en el colegio, no recuerda nada. Se ríe conmigo. Le explico abiertamente lo tonto que soy. Le hago gracia.

Se pierde, varias veces, nerviosa por mi compañía. La mezcla de intentar hablar en inglés, la incomodidad de llevar a alguien desconocido a tu lado y las ganas de hacer las cosas bien, supongo.

Da algunas vueltas y me deja en una gasolinera camino a Bruselas. Se desvía varios kilómetros por mí.

Me como algunas de las latas de atún que todavía me quedan. Cuando termino, pruebo diferentes carteles, diferentes destinos, nadie para en un buen rato.

Una chica me observa desde la distancia mientras disimula estar ocupada. Habla por teléfono, juega con su perro. Intento no mirarla. No quiero que se note que me he dado cuenta de su presencia. Aunque seguro que ya lo sabe. Quizá esté pensando en llevarme.

Cuando pasa por delante de mí, con su coche, se detiene. Se ofrece a transportarme hasta las puertas de Bruselas. No tiene más de veinte años. Es guapa, dulce. Habla español. Se interesa por mí, por mi viaje. Me cuenta que es de venezuela, pero lleva más de siete años en Bélgica.

Me confiesa que nunca se atrevería a hacer lo que yo hago. Sin embargo, me recoge en su coche. El perrito se sube en mi regazo y se pone cómodo. Como diciendo, me gusta este tipo. Es de fiar. Los perros nunca se equivocan.

Cuando salí de mi casa, nunca creí que me recogería ninguna mujer. Hoy ya era la segunda. Me esperaba, como todo el mundo cree, tíos gordos, sudados y calvos. Estaba completamente equivocado. Tomo la lección con humildad. Todavía me queda mucho por aprender. Viajar nos enseña mucho. Nos pone en nuestro lugar constantemente.

Viajar nos enseña mucho. Nos pone en nuestro lugar constantemente.

Conseguimos llegar hasta la estación de servicio más cercana a Bruselas. Intento por todos los medios no entrar en la ciudad. Cuanto más grande es la ciudad, más cuenta salir. Antes de despedirnos intenta ayudarme. Cuál es el próximo destino que debería poner en mi cartel, pasamos un rato mirando el mapa. No hay ninguna ciudad importante en el resto del camino. Es difícil la elección.

Me planto en la salida de la gasolinera, hace una tarde agradable y tengo la suerte de estar rodeado de árboles. Disfruto de la sombra. Pasan coches, no demasiados, nadie para.

Se acerca a mí un chico a charlar. El motor de su caravana se ha roto y está esperando a que vengan a repararla. Viene a darme ánimos. Aunque ahora viaja así, en el pasado también hacía autostop. Me trae un batido y unos refrescos. Me recarga de buen rollo.

Empiezo a entender algunas cosas de hacer autostop. Normalmente cuando los conductores te hacen gestos, es una buena señal. Aunque no paren. Algunos sonríen sin más. Otros ponen cara de susto o indiferencia. Algunos hacen gestos que expresan que ese no es su destino. Lo peor es cuando nadie te mira ni se comunica contigo. Suele ser una señal inequívoca de que te has colocado en mal sitio y deberías de cambiar. Aunque no siempre es posible.

Voy probando diferentes destinos. Escribo Leuven en uno de mis carteles. Y al rato, un señor y una señora en una caravana se ofrecen a llevarme. Se puede intuir su espíritu hippie y sonríen con alegría. Transmiten ternura. Harán un desvío y me dejarán en alguna estación de camino a Alemania.

Es su primer día de vacaciones. Ella lleva la pierna completamente vendada. Se la había roto hacía dos días. No hablan mucho inglés aunque nos explicamos como podemos. Me dejan en una estación de servicio, y allí me dispongo a buscar a mi siguiente transporte del día.

Al poco rato aparece Nuno, un chico portugués que habla español, diseñador y restaurador de muebles. Me adelanta un poco en el camino. Me deja en otra gasolinera, pequeña, aunque transitada. Estoy pletórico. Todo va perfecto. Las personas que hasta ahora se habían cruzado en mi camino habían sido maravillosas.

Me coloco en la salida. No tengo que esperar mucho. Un hombre de marruecos, con un coche familiar, me invita a subir. Es de Casablanca. Un señor. Perfumado. Elegante. Educado. Es guardia de seguridad. Nunca había visto a nadie llevar un uniforme con tanta clase.

Su rostro es el reflejo de su corazón. Me recibe sonriente, feliz. Su inglés es un poco limitado pero se comunica perfectamente. Nos hacemos amigos en menos de dos minutos.

Me pregunta cómo he llegado hasta allí. Le cuento mi viaje. No se lo puede creer. Se preocupa por mi y de la gente que me pueda encontrar en el camino. Le explico que hasta ahora todo el mundo ha sido maravilloso.

Me asegura que Dios pone a buenas personas en mi camino porque tengo buen corazón. Me hace reflexionar. Quizá tenga razón.

Por error, nos metemos juntos en Liege, donde vive con su mujer y sus tres hijos. Le explico con vergüenza que me convenía quedarme antes. Al final conseguimos entendernos. Sale de su camino habitual para dejarme al otro lado de la ciudad. Hay tráfico. Se preocupa de que su mujer se inquiete por llegar más tarde de lo habitual. La ciudad es preciosa. Un río la cruza y hay verdes y altos árboles por todas partes.

Me ofrece quedarme en su casa esa noche. Con tristeza tengo que rechazarlo. Quiero llegar cuanto antes a Alemania. En este viaje voy con prisa, y aunque no es lo ideal, es mejor que nada. Sin dinero, una chica que me espera en Londres y un alquiler por pagar, tengo que dejar pasar algunos disfrutes del camino, quizá para la próxima ocasión.

Nos despedimos con el corazón en la sonrisa y el respeto en la mirada. Me da un billete de cinco euros y lo rechazo tajantemente. Después de tanto, siempre acaban dándote más. Me pide por favor que lo acepte, me explica que él también fue joven.

Y ya casi Alemania – Bélgica no quiere que me vaya.

Mi buen amigo me deja en uno de los peores sitios hasta ahora. Es la salida de la ciudad, pero los coches pasan demasiado rápido. Aún así, algunos me hacen gestos. Me tranquiliza.

Tengo la increíble suerte y un señor se para para decirme que estoy muy mal colocado. Se ofrece a cambiarme de lugar. Con un poco de francés e inglés nos comunicamos perfectamente. El viaje es corto, pero me deja en una estación de servicio perfecta. Allí, un chico joven de aspecto relajado, se ofrece a llevarme hasta la ciudad fronteriza de Aachen, él, belga, vive allí con su pareja.

Hoy duermo en la calle.

Estaba en una gasolinera cerca de una ciudad fronteriza entre Alemania y Bélgica. Probablemente el lugar más desolado que había visto hasta aquel momento. Pienso que quizá debería de haberme quedado en Liege como me pidió mi amigo de Marruecos.

Me puse en la entrada a la autopista con mi mejor sonrisa y mi dedo pulgar en alto. Aún me quedaban casi cien kilómetros para llegar a Colonia. Pero, durante las siguientes dos horas sólo pasaron un par de vehículos ignorándome completamente.

El día prácticamente se había ido, y con la luz del sol, también mis esperanzas. Miraba de un lado al otro pensando dónde iba a meterme, allí, en medio de la nada. No había hostales, tampoco una ciudad a la que llegar andando. Creí que pasaría esa noche escondido en un rincón entre los arbustos.

Ni siquiera tenía una tienda de campaña.

Creía que todo estaba perdido y sentía que el día me había ganado la batalla. Quién iba a parar ahora, en un lugar tan oscuro, a un gallego con una mochila verde y cara de susto, pensaba.

Un Mercedes de alta gama como salido de ninguna parte se detuvo delante de mí. Estaba tan cansado y deprimido que nunca creí que lo haría.

Un amable hombre de origen turco, bien vestido y perfumado, me invitó a subir. Sin esperármelo, me veía a mi mismo subido a un Mercedes con asientos de cuero y tapicería de madera.

Y mientras volábamos a 250km/h hacia Colonia, pensaba que a veces lo único que hace falta, y nos falta, es: resistir, persistir y confiar en nosotros mismos.

Se desvía un poco de su camino. Aunque tiene una cena de negocios se toma la molestia de dejarme cerca del centro. Es increíble. Lo había logrado.

Hay días. Buenos, malos e indiferentes. Después, está el de hoy, cuando un día, parece un año. Cuando, todo pasa. Uno de esos días en los que cuesta recordar cómo empezó, cuando todo, parece ayer.

Esos días que parecen años. Camino a Alemania en Autostop 2

Ese tío ha llegado hasta Colonia después de un día intenso

Camino casi una hora a través de la ciudad buscando un hostal barato. Llego hasta el centro. Me paro en el camino a reponer fuerzas. Salchichas y patatas fritas, muerto de hambre. Un carismático hombre de la India charla conmigo mientras asquerosamente como sin masticar. Es mi momento del día. Mi premio. Mi homenaje. Sí, aunque sean salchichas. Nada me sabe mejor después de un largo día de latas y sardinas.

Llego al hostal con energías renovadas y tengo la suerte de hacerme con la última cama disponible. Compartía habitación con tres australianos con muchas ganas de alcohol y fiesta. Entraron y salieron sin parar. Recuerdo que esa noche dormí profundamente. Nada podía despertarme.